Cristian
El segundero del reloj de pared de mi despacho en la oficina avanzaba con la pesadez de una condena, pero no tanto como el dolor que me partía el pecho cada vez que intentaba respirar profundo. Dejé caer la pluma estilográfica sobre el escritorio, frustrado. La faja médica me apretaba las costillas rotas con una rigidez insoportable, pero el verdadero tormento no era físico. El verdadero tormento era el silencio que