La propuesta de Leonardo flotó en el aire como un misterio que por fin cobraba forma. Yo conocía a Cavalli; sabía que un tiburón de su calibre no cruzaba el Atlántico por simple filantropía o por un repentino ataque de empatía hacia mi orgullo herido. Lo que sea que este planeando sera para su propio beneficio y se perfectamente que es lo que quiere.—Aún no me has dicho cuál es tu estrategia, Leonardo —le dije, sosteniendo su mirada, apoyando los dedos sobre el borde de mi copa—. ¿Cuál es ese plan que, según tú, me devolverá lo que me pertenece? ¿Qué me ofreces exactamente?Leonardo se reclinó en su asiento, exhalando una risa baja, corta y desprovista de humor. Apoyó los antebrazos sobre la mesa de caoba y se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que sus ojos brillaron con una intensidad descarada, posesiva y calculadora.—Te ofrezco el paquete completo, Zamira —comenzó, dictando cada palabra con una lentitud casi quirúrgica—. Mi plan es simple, pero d
Leer más