El lunes por la mañana comenzó mi pequeña e implacable venganza. Ver a Nicol parada frente a mi escritorio a las siete en punto, vistiendo un traje sastre oscuro mucho más sobrio de lo habitual y con una libreta en las manos, me dio una satisfacción casi adictiva.
Durante los primeros tres días de la semana, me encargué de hacerle la vida imposible. La utilicé para todo tipo de recados humillantes: la mandé a archivar manualmente documentos del sótano que llevaban años acumulando polvo, la obli