Cristian
Pasé las siguientes cinco horas encerrado en mi despacho, llamando a contactos en Róterdam, enviando correos urgentes a los directores de aduanas y revisando cada cláusula marítima internacional. Fue inútil. Absolutamente inútil. Leonardo Cavalli se había movido con una precisión quirúrgica; cada llamada que hacía se topaba con un muro de respuestas corporativas y evasivas. El maldito italiano tenía el control de l