De un momento a otro, guiada por un impulso ciego y sin detenerse a pensar si era lo correcto o si de verdad lo quería, Lena se puso de pie. Caminó los pocos pasos que los separaban, se acercó a su esposo y extendió la mano; la yema de su dedo corazón y del índice tocaron despacio su mejilla cálida, delineó la línea de su mandíbula tensa con una suavidad que desarmó al hombre de inmediato. —No digas más tonterías, Alán —le dijo entre sollozos, con la voz quebrada por el cúmulo de emociones que amenazaba con asfixiarla—. Aún con toda tu locura, eres el único hombre para mí. Nuevas lágrimas se deslizaron por el rostro de Lena. Alán, al percatarse del llanto y de la rendición en sus palabras, se levantó de la silla sin demora y la atrajo con fuerza hacia sí, la atrapó contra su pecho firme. Ella no opuso la más mínima resistencia al agarre. En el fondo de su conciencia, sabía a la perfección que si accedía a verlo a solas en esa habitación, algo como eso terminaría por pasar tarde
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