Alán llamó incontables veces a su esposa a lo largo del día. Marcó el número una, diez, veinte veces, hasta que los dedos le dolieron de tanto presionar la pantalla. La única certeza que poseía en ese instante de desolación era que, un día de estos Lena aparecería frente a él con el contrato de divorcio firmado.Y eso era algo que bajo ninguna circunstancia, se podía permitir. Perderla significaba el fin de su mundo, por las enfermo que sonara eso.Luego de tantos intentos fallidos donde el buzón de voz fue su único interlocutor, ella al fin respondió una de sus llamadas al caer la tarde. El sonido de su respiración al otro lado de la línea le cortó aliento.—Alán, necesito tiempo para pensar las cosas con la cabeza fría… eso es todo —le dijo ella, con una voz desprovista de cualquier calidez—. Estoy en un hotel. Las personas de seguridad están afuera.—Te daré el tiempo que necesites, mi amor, todo el que me pidas —concedió él de inmediato, aferrado al auricular como si fuera un s
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