Alán observó desde su dispositivo móvil, gracias a la nitidez de la cámara recién actualizada, la figura de su madre en la entrada de su departamento. Tecleó un mensaje rápido: “En un momento abro”. Guardó el teléfono y se lo informó a Lena con un gesto despreocupado. Ella se cubrió la boca de inmediato. El pánico puro se reflejó en sus ojos. —No, no, no —masculló Lena contra su propia palma. Alán sonrió ante el dramatismo de su expresión. —Lena, es mi mamá —le dijo, divertido por una vergüenza que consideraba exagerada—. Actúas como si ella fuera una desconocida. Lena negó con la cabeza, muda por la prisa. Alán se ajustó los shorts deportivos, listo para avanzar hacia la entrada y abrirle la puerta a su madre. —Voy al baño —susurró ella, y emprendió la huida a la velocidad máxima que su pie lastimado y el apoyo del bastón le permitieron. Alán caminó hacia la puerta, todavía extrañado por los nervios de Lena. Para su madre, ella siempre fue la hija que tanto deseó y que, por p
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