Alán inició sus actividades laborales.
Se sentó frente al escritorio. La pantalla del ordenador brillaba y reflejaba una luz azulada sobre sus facciones tensas, pero él no la veía.
Los dedos tamborileaban sobre la madera sin ritmo, un golpe seco tras otro que delataba la velocidad a la que se movían sus pensamientos.
El hijo de De Santis. El incendio. Las anfitrionas. Todo se acumulaba en su cabeza como una tormenta que no encontraba salida, un nudo de problemas que amenazaba con tirar ab