Alán entró al casino. Harper lo esperaba junto a la barra, pálida, los dedos aferrados al borde de la madera. Le temblaban las manos.—Está en la sala de póquer —dijo, con la voz quebrada—. Trajo a cuatro hombres. Todos armados.Alán asintió. No preguntó más.Dentro, la luz tenue apenas iluminaba la mesa de caoba. En las esquinas, cuatro tipos de traje negro vigilaban en silencio. En el centro, el hijo de De Santis. El cigarro en una mano, la pistola en la otra. La sostenía con despreocupación, como quien espera el postre.—Señor De Santis —dijo Alán, y se detuvo a dos metros—. Me informaron que hay un inconveniente.—Tu zorra me tendió una trampa —escupió De Santis, y la pistola se agitó en el aire—. Me mostró los pechos para distraerme. Me tendió una trampa para hacerme perder mi dinero y, cuando quiero llevarla al cuarto rojo, se hace la digna.Alán no se inmutó. El cuarto rojo era el área designada para las scorts de élite. Prostitutas que no cualquiera podía pagar. Hermosas, escu
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