El día de la audiencia había llegado.
Lena condujo hacia el restaurante. El sol de la mañana le pegaba en el parabrisas. No se sacaba de la mente el recuerdo de la noche anterior:
Había despertado en su cama. La misma ropa de ayer pegada al cuerpo. El cuello, torcido. El hombro, adolorido.
Salió de su cuarto.
En la sala encontró a Alán, sentado en el sofá. La camisa blanca, arrugada. El cabello, despeinado.
—¿Dormiste aquí? —preguntó ella, con la voz ronca.
—Justo aquí —respondió él, tranq