Mientras Alán conducía, las luces de la ciudad pasaban por la ventanilla, pero él no las veía.
Toda su mente pensaba en Lena.
Recordaba sus ojos, tan hermosos. Ese brillo de deseo que le había cambiado la mirada. El sabor de sus labios. La forma en que sus lenguas se unieron.
Tragó saliva. Su cuerpo reaccionaba como si él todavía fuera un adolescente calenturiento.
Deseaba probar más. Hundirse en sus caderas. Lamer sus pechos.
—Soy un degenerado —se dijo en voz alta, y negó con la cabeza.