Alán entró al casino. Harper lo esperaba junto a la barra, pálida, los dedos aferrados al borde de la madera. Le temblaban las manos.
—Está en la sala de póquer —dijo, con la voz quebrada—. Trajo a cuatro hombres. Todos armados.
Alán asintió. No preguntó más.
Dentro, la luz tenue apenas iluminaba la mesa de caoba. En las esquinas, cuatro tipos de traje negro vigilaban en silencio. En el centro, el hijo de De Santis. El cigarro en una mano, la pistola en la otra. La sostenía con despreocupación,