Lena se debatió por horas si ir al encuentro con Irina o no.
Al final, los mensajes insistentes mezclados con los buenos recuerdos la hicieron ir.
Llegó puntual. Sus dedos sudaban alrededor de la correa del bolso.
Irina ya estaba sentada en una mesa junto a la ventana. El sol de la tarde le acariciaba el cabello oscuro, salpicado de canas elegantes. Llevaba un vestido de seda color ciruela y un collar de perlas que Lena le había regalado dos Navidades atrás.
—Lena, querida —dijo Irina, y se pus