Narra Raphael:El aire en el salón de estrategia era pesado, cargado con el olor a incertidumbre, cera de velas y la tensión densa que emana de los hombres que saben que la guerra es inevitable. Frente a mí, sobre la mesa de roble macizo, el mapa de nuestras tierras parecía sangrar. Silvan, el Alfa de la manada Garra, golpeó la mesa con su mano enguantada, y sus ojos grises se quedaron fijos en los míos.Avel, el Alfa de la manada del Viento, permanecía en silencio, con los brazos cruzados, observando la discusión como quien observa una tormenta acercándose. A su lado, Enzo, mi primo, aunque todavía convaleciente, irradiaba una determinación que agradecía profundamente.—Es una brecha de inseguridad inaceptable, Raphael. — insistió Silvan, y su voz resonó como grava. — Moreau ha penetrado hasta el corazón de tus tierras. Si permitimos que esto quede impune, la señal que enviarás es de debilidad. Debemos convocar a los Ancianos Lobos. Ellos deben saber que el tratado de paz ha sido vio
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