Capítulo 13. El veneno de los celos.
El mensaje en la pantalla del teléfono quemaba más que el ácido. Leonella sintió que el coche de carga se convertía en una celda metálica mientras cruzaba los jardines de la mansión De la Vega. La foto de Leo, su pequeño Leo, siendo observado por una sombra, le robó el aire. Alguien sabía. Al bajar del vehículo, Leonella guardó el teléfono con manos temblorosas. Doña Eugenia estaba en el pórtico, impecable, con esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos de acero.—Llegas tarde, asistente —soltó la mujer, midiendo a Leonella con un desprecio milenario—. Muévete. Las orquídeas no se van a colocar solas y Pierina no acepta errores.Leonella asintió mecánicamente. Pasó las siguientes horas como una autómata, acomodando cristalería y flores, mientras su mente gritaba el nombre de su hijo. Cada vez que un hombre de traje oscuro pasaba cerca, su corazón daba un vuelco. ¿Quién había sido? ¿Acaso Eugenia sabía la verdad?La noche llegó con rapidez. Los invitados, la crema y nata de la ciudad,
Leer más