Capítulo 16. El peso de una firma.

El sol se filtraba por las pesadas cortinas de seda del ala este de la mansión, pero para Leonella, esa luz era una sentencia. Se despertó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas y las sábanas enredadas en sus piernas como grilletes.

Habían pasado las cuarenta y ocho horas. El ultimátum de Augusto expiraba ese día a las diez de la mañana.

Se sentó en la cama, pasándose las manos por el rostro pálido. Sus dedos rozaron involuntariamente su cuello, donde las marcas que Héctor l
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