Sofía
No fui a desayunar.
Oí el ruido en el pasillo a la hora de siempre. Eran los mismos pasos suaves y rítmicos del personal, el clic sordo de una puerta al final del pasillo. La casa despertaba, una máquina bien engrasada que comenzaba su ciclo diario.
Me quedé en la cama. No descansando, sino esperando. Quería ver qué pasaba cuando un engranaje se negaba a girar.
A las 7:15, llamaron a la puerta.
«Señorita Russo».
Clara. No respondí. Me quedé mirando al techo, repasando los sutiles dibujos