El amanecer llegó lento, filtrándose por las cortinas con una timidez que contrastaba con la tormenta de fuego que había consumido la habitación horas antes. Pero no fue la luz dorada lo que despertó a la manada. Fue la vibración.Desde los centinelas en las fronteras del bosque hasta los cachorros en las casas más alejadas, todos se tensaron al unísono. No era una alerta de ataque, no era el aroma de un enemigo. Era algo más denso, más primario. Era la frecuencia de radio de la manada que, tras años de estática, finalmente encontraba su sintonía perfecta. El aire mismo parecía haber ganado peso, cargado con una energía nueva, firme e imposible de ignorar.Dentro de la casa principal, el silencio era absoluto, pero un silencio vivo.Lía abrió los ojos lentamente. Sus pestañas rozaron la almohada y, por un segundo, se quedó inmóvil, procesando la metamorfosis de su propio ser. Su cuerpo no solo recordaba el peso de Kael, la fricción de su piel y la forma en que él la había desarmado pi
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