El trofeo de cristal descansaba sobre la mesa de acero de mi almacén, capturando la luz mortecina de la tarde. Debería sentirme en la cima del mundo; había vencido a Isabella, había superado el sabotaje y, técnicamente, había recuperado mi libertad. Sin embargo, el silencio de este local, que antes me sabía a independencia, ahora me resultaba un eco vacío de la mansión que juré abandonar.Me quité la chaqueta de chef, sintiendo el peso del agotamiento en cada vértebra. Mis manos aún conservaban un ligero temblor, no por el esfuerzo, sino por la adrenalina residual de ver a Alexander saltar aquella valla para sostenerme. El prejuicio de que yo era solo una ficha en su tablero de ajedrez corporativo se había resquebrajado, pero el miedo a que su apoyo fuera solo otra forma de control seguía ahí, latente, quemándome por dentro.Escuché el motor del coche antes de ver las luces. No era el rugido agresivo de su deportivo, sino el ronroneo discreto de la berlina que usaba cuando quería pasa
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