El trofeo de cristal descansaba sobre la mesa de acero de mi almacén, capturando la luz mortecina de la tarde. Debería sentirme en la cima del mundo; había vencido a Isabella, había superado el sabotaje y, técnicamente, había recuperado mi libertad. Sin embargo, el silencio de este local, que antes me sabía a independencia, ahora me resultaba un eco vacío de la mansión que juré abandonar.
Me quité la chaqueta de chef, sintiendo el peso del agotamiento en cada vértebra. Mis manos aún conservaban