El sol de la tarde se filtraba a través de los altos ventanales de la mansión, pero ya no se sentía como una luz que ponía en evidencia mis defectos, sino como un manto cálido que celebraba mi victoria. Había un silencio sepulcral en la casa, pero era un silencio habitado, uno que ya no me oprimía el pecho. Los cuadros de los antepasados de Alexander seguían allí, observando desde sus marcos dorados, pero su mirada de prejuicio aristocrático ya no tenía poder sobre mí. Yo no era una invitada, ni una transacción, ni una cláusula de escape. Era la dueña de mi propia vida. Caminé por el pasillo hacia nuestra habitación, sintiendo el roce de mis pies descalzos sobre la alfombra persa. Llevaba puesto un vestido sencillo, de esos que Alexander decía que me hacían ver como una mujer real, "de carne y hueso", lejos de las armaduras de seda y diamantes que mi madre solía imponerme. Al entrar, lo vi. Estaba de pie en el balcón, mirando hacia el horizonte de la ciudad donde su imperio se alzab
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