. A veces, cuando camino por los pasillos de mármol, siento que mis propios pensamientos rebotan contra las paredes de cristal, recordándome que soy una extraña en este ecosistema de perfección y frialdad. Sin embargo, tras el desayuno de ayer, algo ha mutado en el aire. El silencio ya no es gélido; ahora tiene una electricidad estática que me eriza el vello de los brazos cada vez que escucho la puerta del garaje abrirse al atardecer.Alexander ha estado evitando mi mirada desde que probó aquel plato. Es una táctica de defensa clásica de un hombre que odia perder el control, y él, más que nadie, detesta que una "esposa de contrato" —alguien a quien sus círculos sociales consideran un error estético— sea capaz de desarmarlo sin decir una sola palabra.Me encontraba en la biblioteca, intentando concentrarme en un libro de historia clásica, cuando escuché sus pasos. Eran pesados, rítmicos, cargados de esa fatiga que solo el poder absoluto puede generar. Me quedé inmóvil, ocultando mi ros
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