Despertar con el peso del brazo de Alexander sobre mi cintura se ha convertido en una especie de ritual peligroso. Es esa tregua física que firmamos cada noche, donde el amor-odio que nos profesamos durante el día se disuelve en una respiración acompasada. Sin embargo, esta mañana el aire en la habitación se sentía distinto. No era solo el aroma a café que ya empezaba a filtrarse por las rendijas de la puerta, sino la forma en que él me sujetaba, incluso dormido: como si fuera un ancla y él un barco a punto de naufragar. Me removí con cuidado, intentando no romper el hechizo. La luz del amanecer bañaba sus facciones, suavizando la línea perpetuamente rígida de su mandíbula. En momentos como este, era fácil olvidar que este hombre era el mismo que, semanas atrás, me había mirado con un prejuicio tan afilado que casi podía sangrar. —Sé que estás despierta, Emma —su voz, ronca por el sueño, vibró contra mi espalda, enviando un escalofrío directo a mi espina dorsal. —Entonces deja de
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