Lia se fue un domingo por la mañana, sin avisar, sin hacer ruido.Tenía setenta y cuatro años. Se despertó temprano, como siempre, preparó café y salió a la terraza a ver el amanecer. Se sentó en su silla favorita bajo el flamboyán, con una manta sobre las piernas, y se quedó mirando el mar.Cuando Mateo bajó a las siete y media, la encontró allí. Con los ojos cerrados y una sonrisa tranquila en los labios. El café en su taza todavía estaba tibio.Se había ido en paz, viendo el mar que tanto amaba.La casa se llenó de un silencio que dolía.Mateo se arrodilló frente a ella y apoyó la frente en sus manos arrugadas. Lloró como no lloraba desde que era niño. Daniela llegó poco después, vio la escena y se llevó las manos a la boca. Camila, ya con diecisiete años, se abrazó a su padre sin decir nada.El entierro fue sencillo, justo como Lia hubiera querido. La enterraron en un pequeño cementerio frente al mar, a solo cinco minutos de la casa. Sobre su tumba plantaron un flamboyán pequeño.
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