La mañana de Nochebuena amaneció con un cielo tan azul que dolía mirarlo. Valeria se levantó antes del amanecer, como siempre, y preparó el sancocho más grande que había hecho en años. El olor a yuca, plátano y cilantro llenó toda la casa. Era su forma de decir “aquí estoy, y no pienso esconderme”.
Sofía bajó a las nueve, con un vestido de lino blanco impecable y el cabello recogido en un moño perfecto. Se detuvo en la puerta de la cocina al ver a Valeria cortando ajíes con Lucía sentada en la