Veinticinco años después de la partida de Lia, la casa frente al mar seguía en pie, más fuerte y más viva que nunca.Mateo tenía setenta y cinco años. Su cabello era completamente blanco y sus pasos eran lentos, pero sus ojos conservaban la misma profundidad de siempre. Ya no caminaba solo por la playa, pero todas las mañanas se sentaba bajo el flamboyán con una taza de café, exactamente como hacía su madre.Esa mañana de julio, la familia completa estaba reunida. Daniela, de cincuenta y ocho años, había traído a sus nietos. Camila, con cuarenta y tres años, llegó con su esposo y sus dos hijas. Samuel, ahora convertido en el director general del proyecto, también estaba presente con su esposa y su hijo pequeño.Todos se reunieron bajo el flamboyán, que seguía floreciendo con la misma intensidad de siempre.Mateo pidió que le acercaran una silla. Cuando se sentó, sacó un sobre viejo, amarillento por el paso del tiempo. Era el contrato original que Lia había firmado hacía más de cincuen
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