El flamboyán que Lucas había ayudado a plantar cuando tenía doce años ya era un árbol imponente. Sus flores rojas caían sobre la pérgola como gotas de fuego cada vez que soplaba el viento del Caribe. Valeria lo miró mientras regaba las raíces, aunque ya no hacía falta. Era su forma de seguir tocando el pasado.
Tenía cincuenta y dos años. Algunas canas más, arrugas más honestas, pero la misma mirada serena que solo se consigue cuando el corazón ha sido roto y vuelto a armar varias veces.
La casa