La puerta se cerró de golpe, haciendo eco con el brutal sonido de la bofetada.Durante un segundo, el silencio en la habitación 305 fue absoluto.Liam no se movió. Se quedó congelado, con la cabeza ladeada. Se tocó la mejilla; sus dedos volvieron manchados con una gota de sangre de su propio labio. La marca carmesí en su piel pálida ardía como un hierro candente.—Vaya —ronroneó Vanessa desde la ventana, rompiendo el silencio con una risa seca—. La princesita tiene más fuego del que pensaba.Liam giró la cabeza hacia ella tan rápido que pareció que iba a romperle el cuello. El pánico inicial había desaparecido, reemplazado por una furia reptiliana, fría y letal.—Vístete —siseó él, con una voz tan grave que rasgó el silencio.La sonrisa de Vanessa vaciló. Había visto a Liam enojado en las salas de juntas, pero nunca así. Este no era el amante al que ella manipulaba con facilidad. Este era el CEO implacable que destruía empresas para desayunar.—Liam, amor... —intentó decir, cerrando s
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