La puerta se cerró de golpe, haciendo eco con el brutal sonido de la bofetada.
Durante un segundo, el silencio en la habitación 305 fue absoluto.
Liam no se movió. Se quedó congelado, con la cabeza ladeada. Se tocó la mejilla; sus dedos volvieron manchados con una gota de sangre de su propio labio. La marca carmesí en su piel pálida ardía como un hierro candente.
—Vaya —ronroneó Vanessa desde la ventana, rompiendo el silencio con una risa seca—. La princesita tiene más fuego del que pensaba.
Li