Corrió.
Era un borrón de encaje blanco, un cometa de destrucción huyendo del epicentro de la explosión.
—¡Aurora!
La voz de Liam resonó a sus espaldas en el pasillo del tercer piso. No era una súplica. No sonaba arrepentido. Era un rugido de furia pura y posesiva. Una orden.
Ese tono arrogante no la detuvo; le inyectó adrenalina pura. Ya no corría como una novia herida, corría como una fiera que acababa de romper sus cadenas.
Llegó a las escaleras de servicio. Sus tacones de seda, diseñados par