Tres golpes secos en la puerta de madera hicieron que el corazón de Aurora saltara hasta su garganta.
—Liam está a menos de cinco minutos, Aurora —dijo una voz profunda y rasposa desde el otro lado—. Y sus hombres no vienen a pedir por favor.
Aurora retrocedió, apretando los puños. Era el hombre del auto negro. El que la había seguido desde la finca.
—¿Quién eres? —exigió ella, con la voz temblando pero negándose a ceder terreno—. ¿Trabajas para mi padre?
—Si trabajara para Henry Vale, ya habrí