El silencio en el tercer piso era absoluto, pero dos pisos más abajo, en el impecable jardín cubierto de rosas, ese mismo silencio era un monstruo vivo que respiraba y devoraba el oxígeno.
Doscientas de las personas más poderosas de Nueva York estaban congeladas. Con las copas de champán en la mano, miraban boquiabiertos el pasillo vacío y el altar nupcial, donde nadie los esperaba.
La nota discordante del violín había muerto en el aire, dejando un vacío ensordecedor.
Henry Vale seguía paraliza