El sonido del claxon aún zumbaba en sus oídos.
Frente a ella, envuelto en las sombras del lujoso auto negro, el desconocido le ofrecía la venganza en bandeja de plata. Sus ojos oscuros brillaban con una promesa letal.
—Sube al maldito auto, Aurora —repitió el hombre, extendiendo una mano impecablemente cuidada hacia ella.
A sus espaldas, los gritos frenéticos de su padre y los rugidos de Liam cortaban el aire de la mañana. Estaban a punto de alcanzarla.
Aurora miró la mano del desconocido. Era