El sol brillaba con fuerza sobre la pista privada de la Finca Santa María, tiñendo el aire de un suave tono dorado. Natália estaba junto a Fernando, observando el horizonte, cuando un punto plateado apareció en el cielo. Por fin, su familia estaba llegando.El avión aterrizó con elegancia. En cuanto se abrió la puerta, una silueta familiar apareció en lo alto de la escalera. Era su madre.Amália bajó apresuradamente y, apenas tocó el suelo, abrió los brazos.—¡Mi niña! —exclamó, abrazándola con fuerza, con la voz embargada por la emoción—. ¡Qué guapa estás, Natália…! ¿Cómo está mi hija?Natalia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.—Estoy bien, mamá. ¡Qué añoranza…!Enseguida llegaron su padre, Francisco, con el rostro sereno y orgulloso, su hermano Mateus, acompañado de su esposa Lorena y del pequeño Lucas, de apenas dos años. Por último, Laís, la hermana menor, bajó apresuradamente, con los ojos llenos de emoción.—Sabía que iba a llorar —dijo ella, riendo entre lágrimas
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