Durante la cena, Nathália se dio cuenta de algo que no esperaba: Fernando no se le quitaba de encima.No era una mirada, sino una presencia constante, como si cada gesto, cada palabra que ella pronunciaba, él la acompañara en silencio.Cuando algún invitado se acercaba demasiado para halagarla, Fernando aparecía a su lado, con la mano firme en su espalda, guiándola con naturalidad. —La novia está encantadora esta noche, ¿no les parece? —dijo, con voz firme, interrumpiendo a dos primas que cuchicheaban sobre su vestido. Las mujeres sonrieron con timidez, avergonzadas, y retrocedieron.Nathália se sorprendió. No era solo la exhibición de la joya, sino la forma en que él la ponía en evidencia, como si quisiera que todos vieran que ella era suya. Y, curiosamente, eso la hizo sentirse protegida, aunque fuera por posesión y no por cuidado.Durante el postre, una señora mayor comentó sobre el broche. —Ese broche... parece brillar por sí solo. Es hipnótico.Fernando se inclinó ligeramente y
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