Paula cruzó el jardín con el rostro sombrío, pero con los labios curvados en una leve sonrisa. Se encontró con la señora Catarina en el salón.
—Buenas tardes, señora Catarina —dijo con la dulzura estudiada de quien sabe cómo complacer—. He oído que a Natália le gusta ir a la capilla.
Catarina levantó la vista, sorprendida.
—Ha ido todos los días, ¿no?
—Sí… —respondió Paula, arreglando uno de los jarrones con aparente distracción—. Debe de estar pidiéndole a Dios que se adapte a la vida de la fi