Natalia se detuvo ante la puerta del despacho, con el corazón acelerado y las manos frías. Respiró hondo antes de llamar suavemente.
—Entra—, resonó desde dentro la grave voz de Fernando.
Ella abrió la puerta con cuidado y lo encontró de pie, junto a la ventana, aún con el ceño fruncido. La luz de la mañana atravesaba el cristal y perfilaba sus anchos hombros, iluminando su rostro adusto.
—¿Puedo pasar? —preguntó, vacilante, agarrando el pomo como si fuera un escudo.
—Ya ha entrado —respondió é