Natalia se quedó pensativa mientras caminaba junto a Carlos, pero por dentro su mente bullía. Sabía que Fernando era arrogante, orgulloso y controlador; él había intentado seducirla, pero ella no había cedido. ¿Acaso se iba a casar solo por capricho y vanidad, solo para castigarla?Intentó no pensar en lo que acababa de oír y concentrarse en el entorno mientras caminaban,—Sí… realmente es otro mundo —dijo, en voz baja, llena de admiración y un poco de aprensión.El camino los llevó hasta los establos. El aire olía a cuero y heno fresco. Los caballos, todos de pura raza, eran imponentes, relucientes bajo el sol de la mañana. En la pista de tierra, un imponente caballo negro se resistía a las órdenes de un peón, relinchando con fuerza.—Ese es el Emperador, el caballo de Fernando —explicó Carlos—. Solo él es capaz de montarlo. Pero necesita hacer ejercicio todos los días y hace tiempo que Fernando no lo monta, por eso está inquieto.Natalia observaba, casi hipnotizada, imaginándose al
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