Se hizo un silencio sepulcral.
—¿Le has contado… lo nuestro? —preguntó Natália, con una voz más débil de lo que hubiera querido.
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Fernando, sin llegar a sus ojos.
—Por supuesto que no. Me inventé una historia creíble. —Cruzó las manos sobre la mesa.
—Entiendo —murmuró ella, incómoda—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro. —Se inclinó un poco hacia delante, atento.
—Ayer… cuando me encontraste, ¿ya sabías quién era yo?
Fernando dio una lenta calada al