La habitación, a pesar de ser lujosa, parecía una celda. El vestidor era inmenso, el baño puro lujo, las cortinas de seda, la cama mullida… todo se volvía asfixiante porque no había puertas que la llevaran realmente a la libertad.Natalia cerró los ojos y, en silencio, se prometió a sí misma:— Voy a salir de aquí… no importa cómo.Pero cuando le vino a la mente el recuerdo de la mirada de Fernando, fría como el acero, implacable, controladora, un escalofrío le recorrió la espalda. La promesa que se había hecho a sí misma parecía frágil, casi ingenua.Se dio la vuelta en la cama, acomodando su cuerpo inquieto. Intentó rezar, intentó pensar en estrategias, en alguna salida, pero el cansancio la dominaba. Antes de quedarse dormida, solo logró murmurar:—No me dejaré dominar… no lo haré.Y ese fue solo el primer día.El sueño llegó ligero, inquieto, poblado de sueños confusos en los que caballos salvajes corrían libres por los campos de Mato Grosso y ella, por más que lo intentara, nunca
Leer más