El almuerzo, aunque delicioso, fue tenso desde el principio, con pocas palabras intercambiadas en la mesa. Casi al final de la comida, cuando se sirvió el postre en delicadas copas de cristal, Catarina, quizá recordando la obligación de mostrar cortesía, decidió dirigirse a Natália. Su tono era educado, pero el veneno se escondía entre líneas.
—Espero que la señorita Moretti esté satisfecha con la comida —dijo, levantando la barbilla y mostrando su porte altivo—. Imagino que su paladar debe de