El cielo, salpicado de estrellas, parecía indiferente a la pequeña figura encogida dentro del coche parado en la carretera. Natália se apretaba la sudadera contra el cuerpo, tratando de protegerse del frío que llegaba sigilosamente, pero con insistencia.Los grillos no callaban y el croar de las ranas provenía de los charcos ocultos por la oscuridad. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Pero pronto surgieron otros sonidos. Primero, un mugido lejano, grave y prolongado, que resonaba por el pastizal como si el viento lo llevara hasta ella. Luego, el crujido seco de las ramas, proveniente del bosque.“Debe de ser solo un armadillo... o un oso hormiguero…” susurró para sí misma, sin creer realmente en lo que decía.De repente, un rugido corto, casi un chasquido gutural, resonó demasiado cerca. El corazón de Natália se aceleró. Sabía que no era su imaginación: ese sonido era característico, lo contaban en los periódicos, en los programas sobre la vida en el campo. Un jaguar.Agarró el volant
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