Decidida a disipar esa sensación, atravesó la puerta lateral del comedor. La terraza daba a un jardín exuberante, donde el viento mecía las hojas de las palmeras y el aroma de las flores parecía acogerla en un nuevo silencio y en el silencio de los recuerdos ajenos, que aún perduraban en aquella casa.
Natalia siguió un sendero de piedras que serpenteaba entre céspedes perfectos. Los parterres de flores se alineaban en diseños geométricos, cada color vibrante como si hubiera sido elegido a dedo.