Ya en su asiento, se abrochó el cinturón y miró por la ventanilla. El sol comenzaba a asomar por el horizonte, tiñendo de dorado las nubes que se acumulaban sobre el campo. Allá abajo, Mato Grosso se extendía, vasto y silencioso, y con él, todo lo que dejaba atrás: la finca, los caminos de tierra y Fernando.Cuando el avión comenzó a rodar por la pista, una nueva punzada le oprimió el pecho. Respiró hondo y se secó discretamente una lágrima.—Dios... —susurró, casi sin voz—. Cuida de él, dondequiera que esté.El avión cobró velocidad, alzó el vuelo y, en pocos segundos, el suelo desapareció bajo un manto de nubes.Sentada junto a la ventanilla, miraba hacia abajo, hacia la inmensa alfombra verde que se extendía allá abajo y Mato Grosso desapareciendo poco a poco. De repente, un dolor agudo le atravesó el pecho de nuevo.Se llevó la mano al corazón y cerró los ojos, como si algo dentro de ella se hubiera roto.El dolor se transformó en una opresión cálida, una angustia silenciosa que
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