Cuando se abrió la puerta, Cristina casi no pudo contenerse.
—¡Nat! —exclamó, en un grito lleno de alegría y alivio. Corrió a abrazar a su amiga. —¡Dios mío, cuánto tiempo! ¡Qué añoranza!
El perfume familiar de Cristina y el calor del abrazo la envolvieron, pero Natália no pudo corresponder con la misma energía. Se quedó rígida por un instante antes de devolver el gesto. Cuando Cristina finalmente la soltó, la alegría de su rostro se desvaneció de inmediato.
—Nat… ¿qué te ha pasado? —preguntó,