Era de madrugada y Paula, en su habitación, hacía las maletas; no lloraba, no se desesperaba. Simplemente fue guardando sus cosas, pero con la certeza de que sería por poco tiempo y de que volvería.En un rincón de la sala, doña María, la madre de Paula, lloraba, incapaz de aceptar lo que le estaba pasando a su hija; nunca imaginó que su única y querida hija, tan anhelada y esperada, les causaría a ellos, ya de edad avanzada, un disgusto tan grande.Don Joaquim, el padre de Paula, intentaba calmar a su esposa, pero él también estaba conmocionado y avergonzado por el comportamiento de su hija.Cuando ella volvió al salón, no mostró ninguna reacción. Estaba fría y sin emoción.—Hija, ¿por qué? —fue la pregunta de don Joaquim. —Paula… mi hija… —susurró doña María, sin poder creerlo.Don Joaquim se levantó lentamente de la mecedora, con el rostro cargado de vergüenza. —Entonces es verdad… —dijo con la voz entrecortada—. Fernando te ha echado.Paula dejó la maleta en el suelo y se mantuv
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