Paula condujo durante horas hasta la ciudad cercana donde vivía Valéria Bragança.
Se detuvo frente a la mansión. El sol intenso hacía brillar las altas ventanas y las puertas de hierro forjado, lo que le daba a la gran casa un aire imponente e intimidante. Paula respiró hondo antes de bajar. El corazón le latía con fuerza, pero mantenía el rostro sereno.
Un criado abrió la puerta.
—¿Tiene cita, señora?
— Dígale a la señora Valéria que Paula necesita hablar con la señorita Mariana. Es urgente. —