Dentro de la pequeña clínica, el olor a éter y sangre se mezclaba con el aire denso de la sala de urgencias. El doctor Peixoto trabajaba rápido, con el ceño fruncido, tratando de detener la hemorragia en el pecho de Fernando. Carlos permanecía junto a la camilla, con el corazón a mil por hora.
—¡Traigan más compresas! —ordenó el médico.
Fernando respiraba con dificultad. Cada movimiento del pecho era un esfuerzo, un gemido contenido de dolor. El sudor le resbalaba por la frente y la piel comen