Januário, que estaba arreglando unas celdas cerca del corral, fue el primero en ver al caballo que venía solo.
— Vaya... ¡pero si ese es el Imperador! —exclamó, frunciendo el ceño—. ¿Y dónde está el doctor Fernando?
El animal venía sudando, con los ojos desorbitados, relinchando con desesperación. Se detuvo bruscamente ante Januário, golpeando el suelo con las pezuñas y resoplando con fuerza, como si intentara decir algo.
—¡Señor Carlos! —gritó Januario, aterrorizado—. ¡Ven rápido, hombre!
Carl