En cuanto Fernando llegó al establo, despidió a los ayudantes.
Él mismo ensilló a Imperador; el corcel negro que lo acompañaba desde hacía muchos años parecía intuir el nerviosismo de su dueño. Las manos le temblaban ligeramente, pero la mirada era firme; había tomado una decisión en su interior.
El sonido de los cascos resonaba en el patio mientras partía al galope, el viento cortándole el rostro, mezclándose con el torbellino de pensamientos. El corazón le latía rápido, como si intentara alca