Mariana permaneció inmóvil, tratando de disimular el temblor de sus manos.
El silencio en la sala era cortante, y el sonido de los tacones de Valéria resonaba en el suelo de mármol.
—No debería haber venido —murmuró Valeria, en voz baja, pero cargada de reproche—. Esa mujer solo trae desgracias.
Mariana asintió en silencio, con la mirada aún fija en la puerta por la que Paula había salido. Por un instante, una sombra oscura cruzó sus ojos, algo entre odio y arrepentimiento, pero respiró hondo,